En busca de la felicidad… (I)
Todos los seres humanos deseamos ser felices. Es un hecho. Perseguimos incesantemente aquello en lo que creemos que encontraremos la felicidad. Aunque a veces no lo tengamos claro en esos términos, al menos intentamos huir normalmente de lo que nos disgusta, angustia o perjudica. (A excepción, claro está, de las personas que se hayan bajo el influyo de alguna perturbación).
Tenemos una vocación innata hacia Dios, un profundo anhelo espiritual hacia Él, un anhelo de infinito, de esa felicidad que nos colma realmente, que nos desborda y que en nuestra experiencia en este mundo apenas podemos rozar… apenas la acariciamos en aquellas cosas que son la más profunda experiencia de Dios… en nuestros seres amados, en la certeza interior de ser amados por Dios… en el “enamoramiento” que nos producen varias cosas en la vida, en la pasión que nos pueden despertar otras… en esos sentimientos profundos… en los valores que nos impulsan a actuar… no buscamos otra cosa sino a Dios presente en ellas.
Pero lamentablemente más de una vez erramos el camino, nuestra conciencia se ve obnubilada, confundida. Cuántas veces en lugar de buscar a Dios y ponernos en manos del Padre y reconocernos en nuestros hermanos, queremos ser nosotros Dios y decidir por los demás confiando excesivamente en nuestro criterio –subjetivo, personal y condicionado-. Cuántas veces en lugar de buscar la sencillez y la austeridad necesarias para cultivar la humildad y no “distraernos” de las cosas que nos conducen al Señor, desviamos el camino queriendo “tener” todos los días algo nuevo, dejando que la publicidad nos invente “falsas y nuevas necesidades” y largándonos a la carrera de creer que seremos finalmente felices cuando logremos tales o cuales objetivos, cuando finalmente cumplamos algunos de nuestros sueños y entonces… entonces nos daremos cuenta que nada nos colma y nos sacia sino Dios, lo curioso es que ya lo “sabemos” desde ahora pero igual nos negamos a “creerlo” y lo comprobamos una y otra vez; y una y otra vez nos dejamos engañar por el mal espíritu (para ponerlo en términos ignacianos) aunque nos queramos auto-convencer que todos esos propósitos nos ayudarán a estar más cerca de Él.
¿Por dónde empezar a buscar? ¿Cómo buscar a Dios? Siempre el primer paso es la oración confiada:
¿Cómo pues, Señor, te he de buscar?
Porque cuando te busco como a mi Dios,
lo que busco es la vida feliz.
Haz que a así te busque siempre,
para que viva mi alma.
Porque así como mi cuerpo vive de mi alma,
así también mi alma vive de Ti.
¿De qué manera pues busco yo la vida feliz? (…)
Existe otra manera de poseer la felicidad;
y quienes la siguen son, en cierta manera felices:
son aquellos que viven la esperanza de la felicidad.
San Agustín, Confesiones, X, 20.
¿Qué nos ayuda entonces a encontrar destellos de la felicidad en este mundo? La inmensa satisfacción y la paz en el alma que produce actuar con amor (caridad) conforme a lo que creemos (fe), a lo que esperamos (esperanza).
Marcela Ines Perez

