En busca de la felicidad… (II)
Está claro, al menos para las personas de fe, que la felicidad genuina sólo la encontramos en Dios. Pero también es evidente, por experiencia de vida que por más que lo sepamos no siempre actuamos en consecuencia y buscamos la felicidad bastante lejos de Dios y de todo aquello que nos remite a Él. Puntualmente el Evangelio según San Juan nos propone tres valores fundamentales: la Vida, la Verdad y el Amor (Cfr. Vida: 3,16; 10,10; 11, 25-26. Verdad: 3, 20-21; 8, 31-32; 14,6; 18,37. Amor: 18, 37; 15, 9-13; 17, 26.)
Más que plantearnos cómo dejarnos seducir por estos valores o cómo asumirlos plenamente en nuestras vidas (la virtud), podríamos preguntarnos seriamente qué cosas nos alejan de ellos y por consiguiente de Dios e intentar hacer pequeños ejercicios de discernimientos para detectarlas.
Pero también podemos plantearnos la Vida, la Verdad y el Amor como tareas, fuimos creados libres y “capaces” de Dios (Cfr. CatIC 27-30) más allá de todos los condicionamientos psicológicos y sociales que tengamos podemos elegir. De hecho lo hacemos, elegimos constantemente ya sea pequeñas cosas cotidianas o decisiones trascendentales para nuestras vidas; desde ya que ambas no tienen el mismo valor. Sobre esto, hay un aspecto al que tendríamos que prestar atención. Muchas veces en las cuestiones más “importantes”, sobre las que no decidimos todos los días sino una vez cada tanto, logramos ser coherentes con nuestra fe y convicciones y eso suele darnos gran satisfacción interior. Pero lo que nos aleja sutilmente de la experiencia viva de Dios en cada día, lo que a veces nos crea un sentimiento de disconformidad con nosotros mismos suelen ser esas pequeñas “faltas” diarias con las que en ocasiones medimos equivocadamente toda nuestra experiencia de fe, aquellas cosas que podríamos hacer mejor si quisiéramos, las que podríamos evitar si quisiéramos (por ej: conversaciones ó situaciones poco constructivas). Aquellas cosas menores que no corregimos y que en realidad no serían tan difíciles de superar. Esas mismas que confesamos una y otra vez. Nos podemos preguntar ¿Por qué no las corregimos? Puede que en el fondo no las percibimos realmente importantes o que no les hayamos dedicado el tiempo suficiente o las herramientas necesarias para meditarlas y trabajarlas a fin de ir superándolas. Quizás si cultiváramos la Vida, la Verdad (que nos hace libres) y el Amor como tareas diarias podríamos realmente detectar y contrarrestar aquellas pequeñas cosas que no nos dan vida, las que no son verdaderas y genuinas y que por eso nos condicionan o esclavizan y por último las que favorecen el rechazo, el egoísmo y la comodidad, es decir que no nos permiten cultivar la caridad.
Podemos buscar la felicidad encontrando primero aquellas cosas que nos apartan de ella. Queremos ser felices, queremos sentirnos plenos y animados. Es una tarea nuestra. “Busca primero el Reino de Dios y lo demás añadido será”.
En conclusión, todo comienza siendo capaces percibir en nuestro interior ese profundo anhelo de felicidad.
Tu rostro busco, Señor.
Enséñame a buscarte, muéstrame tu Rostro,
porque si Tú no me lo enseñas no te podré encontrar.
No te podré encontrar si Tú no te haces presente.
Te buscaré deseándote, te desearé buscándote.
Amándote te encontraré.
Encontrándote, te amaré.
Amén.
Ignacio Larrañaga.
Marcela Ines Perez


“Te buscaré deseándote, te desearé buscándote.” Me encantó ésto. No me había dado cuenta cuándo se retroalimentaban la búsqueda y el deseo. Ya estar deseando en la búsqueda, ya estar buscando en el deseo.
Gracias.
More.
Sí More, en definitiva sólo se busca aquello que se desea directa o indirectamente (es decir, como medio para un fin) pero nos olvidamos que la instancia de búsqueda permite aumentar el deseo por un lado, e ir descubriendo “aspectos” -por llamarlo de alguna manera- nuevos del misterio que es Dios o del misterio que encierra cada persona en su “microcosmos” y que esos pequeños descubrimientos que en ocasiones no podemos verbalizar generan un mayor anhelo, un mayor deseo… por eso es muy buena la plegaria “enséñame a buscarte Señor” esa búsqueda que tiene un camino único e irrepetible para cada persona, que se realiza en la propia historia y cotideaneidad que es intransferible… sólo enséñame a buscarte… y ¿no te suena aquello de…”Busca primera el Reino de Dios y lo demás se dará por añadidura?”
Gracias a vos por haberme invitado a reflexionar.
Marcela
Gracias, Larrañaga tiene cosas muy buenas.
Cariños.
Martha